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  • Maldad infinita.

    Quizá sea una noticia ya vieja, es decir, una no noticia, algo que pasa junto a nosotros a una velocidad tan fulgurante que inmediatamente deja de tener interés. Es muy posible. No obstante, es un tipo de suceso de los que me deja completamente sin palabras, me corta de raíz la facultad de expresarme: tanta ira me puede ahogar, lo juro. Cada vez que veo el fatídico vídeo de la indigente abrasada viva en el cajero, la desesperación acaba conmigo, me arrincona y me priva de toda capacidad de reacción. ¿Cómo quitaría de enmedio al hijo de la gran puta que comienza a golpearla con un bolo de tráfico? ¿Cómo exterminaría al otro sujeto que vierte la gasolina? Y, finalmente, ¿de qué modo, tan retorcido como fuera humanamente posible, acabaría con el cabrón que la prende fuego? Confieso, honradamente, que mi imaginación no da para tanto, por desdicha; si tan sólo fuera capaz de visualizar en mi mente la solución a esas preguntas, creo que me podría calmar un poco.

    El demonio es estúpido, malignamente estúpido y cruel, como lo son sus reflejos dorados sobre este planeta. ¿Quién, en su sano juicio, es capaz de concebir la idea de atentar contra la escasa dignidad que suele quedarle a un indigente, de empeorar a propósito su tremenda vida, para después acabar con la misma como si de la de un perro sarnoso se tratase? ¿Quién empuña un teléfono móvil, conchabado con otro hijo de puta como él, para filmar a un simpatiquísimo coleguita golpeando salvajemente a un mendigo, a un hombre viejo, achacoso y enfermo? Sí, sin lugar a dudas es el mismísimo Luzbel; es su risa enloquecida la que oímos, brotando de la boca de sus criaturas preferidas. No encuentro otra explicación.

    En ocasiones como estas, me acuerdo, con añoranza, de Mr. Lynch. Por desgracia, la justicia humana nunca es bastante.

  • Veamos...

    "A un aymara no lo tumbas ni con una barra de hierro". Perfecto, amigo aymara, sempiterno cocalero. Más vale que no dejes de masticar la hoja de los dioses; más vale que sobre el jersey a rayas te teja tu gente una gruesa coraza de valor, prudencia e indiferencia. Mal te va a salir el son si te arrimas al payaso venezolano y a la momia cubana;te acusarán de radicalizar América Latina; peor te saldrá si te acercas a Occidente, donde abundan los reptiles y los carroñeros de toda laya; aquí te llamarán lacayo y escupirán a tu paso. En este Madrid nuestro, pletórico de trileros, tuercebotas y mamporreros a esgaya, es hasta posible que veas las cosas de otro color, pero no te engañes: unos pantalones de pinzas y un jersey de lana no tienen lugar entre tanto canalla elegante. Créeme, ya están afilando los cuchillos; tanta multinacional trufada de políticos no es, en absoluto, recomendable para un hombre serrano como tú. Pese a todo ello, te deseo, a la manera italiana medieval, un bel domani, fratello.... Veamos lo que tu ancho tórax es capaz de aguantar.

  • Temas cotidianos

    Mi propia estupidez me preocupa; puede llegar a aterrarme; la de los demás, me molesta hasta extremos insospechados. Pero si hay algo que realmente no aguanto es la falta de educación, de cortesía o como queramos llamarlo. Me enerva la gente que no da las gracias, me pone de mal café quien no reconoce el esfuerzo de los demás en su trabajo; me estorba hasta la náusea, en suma, el tipo tan pagado de sí mismo y tan tristemente importante -siempre según su propia versión- que no tiene tiempo ni para una sonrisa dedicada a los demás, como no sea para prosperar, para medrar en alguna de sus estúpidas maniobras financieras, o para gallear frente a la puta -pobrecilla, qué jodido es no poder elegir tu compañía- que normalmente le acompaña, que suele ser bastante más inteligente y agradable que él. En fin, buenos días... y muchas gracias.

  • Una más... (2)

    ... sigamos dando una de cal y otra de arena; al fin y al cabo, nosotros, como Estado, podemos hacer lo que nos venga en gana, mostrando con todo el desparpajo del mundo las más insultantes contradicciones a quienes nos mantienen, a quienes son -o deberían de ser- nuestra razón última para existir. Primero, les quitamos la pasta; después, siguiendo la tendencia de los modernos tiempos que nos ha tocado vivir, les demonizamos (que se dice ahora) y les convertimos en un ghetto, que es lo que se lleva: que se jodan; haber pedido susto.

    Mientras tanto, las empresas, pobrecitas ellas, con lo que nos tienen que aguantar, ya toman posiciones sobre el asunto: en los Estados Unidos, patria de todas las libertades, descuentan al currito sus ratos de fumoteo de sus días de vacaciones (allí, allende los mares, las vacaciones medias son de once días al año, sin contar el día de Acción de Gracias ni el 4 de Julio); en Francia y Alemania se lo están pensando y, por término general, todas ellas y en todos los países te obligarán a recuperar el tiempo perdido que sacrificas en los altares del demoníaco dios Tabaco, suponiendo que puedas perpetrar tu ofrenda. Claro, hombre; no vaya a ser que baje la productividad a causa de tu puto vicio, propio de ciudadanos de tercera. Prometo partirme el pecho de risa y coger una cogorza estilo templario el día que haya un fumador que dé un paso adelante y pida la baja por ansiedad, por no ser capaz de abandonar su maldita costumbre; me reiré el triple y tomaré dos copas más cuando haya juicio de por medio y algún juez valiente -si queda alguno- cree jurisprudencia sobre el asunto dando la razón al pobre enfermo. Ojalá menudeen tanto este tipo de bajas que, efectivamente, hagan descender la productividad hasta niveles desconocidos.

    En lo que a mi respecta, enfermo social y ciudadano de ínfima categoría, procuro desde ya mismo pasarme esta ley por el arco del triunfo, que diría un castizo. Prefiero que me mate el tabaco antes de que lo haga el aburrimiento. Abur.

  • Una más...

    Bien, ya tenemos aquí la tan cacareada, traída y llevada ley Antitabaco, esa maravillosa aportación a la felicidad y a la salud de todos los borreguitos de nuestro país, que se acercaron a papá Estado gimiendo y llorando, suplicando la redención, la ayuda para dejar el vicio terrible. Merecería, desde luego, ser objeto de estudio en cualquier cátedra de sociología y/o de psicología que se preciase de serlo. Particularmente, y como fumador que soy desde hace ya demasiados años, me la trae al pairo, que se dice en marinería. Por otro lado, como ciudadano de este país, no pueden dejar de llamarme la atención ciertas cuestiones que supongo no se le escaparán a nadie que se calce por los pies.

    Veamos: curiosamente, la promulgación de la ley coincide con un momento de aumento del gasto social, lo que implica la necesidad imperiosa de reducir éste, por cuestiones de salud financiera. Bueno, de acuerdo. Hagamos por tanto que paguen el pato los fumadores, que enferman continuamente debido a la mala costumbre de llenar de humo sus pulmones, que no están diseñados para ese menester, olvidando de paso que mediante la compra de su vicio llevan muchos años financiando no solamente el tratamiento de su propia enfermedad -el de quien la contraiga, claro- sino, además, el de otras muchas enfermedades, derivadas o no del tabaquismo.

    En este sentido, destaquemos también el hecho de que la ley no contempla ayuda alguna para el apestado que intente lograr la salvación de su alma abandonando el brutal pecado que supone envenenarse pagando impuestos por hacerlo. Hombre, hasta ahí podíamos llegar; si discutimos el precio del tratamiento de enfermedades propiamente dichas, es evidente que no queremos ni oir hablar sobre prevención de las mismas, entre otras cosas porque secaríamos esa inagotable fuente de ingresos que suponen los impuestos indirectos, derivados casi siempre del vicio y del fornicio. Y por eso, como guinda del pastel, comenzamos a ofrecer labores de tabaco rubio -por llamarlo de alguna manera- a poco más de un euro la cajetilla, intentando así alcanzar el segmento social que menos dinero maneja, es decir, la gente joven, para engancharles más y mejor, sacarles unas pesetinas -perdon, eurines- y putearles cuando llegue el momento con dosis inmensas de moralina, apelando a su falta de solidaridad y a su rampante egoísmo, que les conduce a envenenar a los demás por su propio vicio.

    Por otro lado, no todo iban a ser malas noticias, claro. Los intereses de Tabacalera -perdón nuevamente, Altadis- quedan perfectamente a salvo, con sus acciones subiendo como la espuma durante estos días navideños y por razones que ni siquiera los más sesudos analistas financieros se atreven a imaginar. Desde luego, a nadie se le ocurriría pensar en cerrar y vender este lucrativo negocio, prender fuego a sus instalaciones y almacenes y declarar absoluta y definitivamente proscrita la elaboración y venta de labores y derivados del tabaco. No, hombre, no se puede ser tan radical; no hagamos demagogia con las buenas, buenísimas intenciones del más frío de todos los monstruos fríos, como diría el amigo Nietzsche. Sigamos vendiendo veneno, al más bajo coste posible, sabiendo como sabemos que se trata de un bien de demanda inelástica...

  • Así, sin más.

    Excelente. El primer día del año, las ocho de la mañana, sentado ante una hoja de papel absolutamente infinita y blanca, con una capacidad desbordante para albergar recuerdos, latidos e historias de todo tipo, que no tiene nada que ver con el espacio en megas o en bites o en lo que quiera que sea, me da igual. Dicen que un acto de creación, por pequeño que sea, es siempre un acto de orgullo, de soberbia mal contenida... y si no lo dicen, deberían de hacerlo, porque es absolutamente cierto.

    Explicadme, si no es así, por qué entramos en un servidor como éste, por qué no desactivamos la opción pública -yo, cuando menos, no lo he hecho- , por qué no reservamos para ojos más misericordiosos o más clementes el desfile de hormigas con el que hollamos la blancura de cada página; es tremendamente humano suponer que nuestras cotidianas zarandajas van a resultar de interés para alguien, como también lo es esa necesidad de comunicación, de conexión con otros azarados navegantes, con seres presumiblemente tan asustados como nosotros mismos.

    Desde muy joven he oído los pasos de un impulso interior, he sentido una incierta sensación de tener que hacer algo, que al paso de los años he conseguido entender, aislar y racionalizar: cuenta una historia; cuéntala ya; no te conformes con oír las de los demás, por mejores que puedan ser. Pero, también con los años, he renunciado a muchas cosas, a proyectos infinitos e ilusionantes; he vivido la frustración del escritor sin método ni musa, el vacío terrible al que uno se asoma cuando intenta plasmar algo que le bulle en la cabeza, ese vértigo que hace amontonarse hojas de papel sin rumbo ni sentido alguno. Vale; aceptemos, pues, del modo más elegante posible, nuestras limitaciones. Quizá escribiendo un blog, desde el anonimato estéril de una pantalla de ordenador, quizá escuchando opiniones diversas y enfrentadas, acabe por encontrar lo que llevo tantos años buscando. Y, en caso contrario, supongo que sigue siendo una manera agradable, un sano ejercicio mental, desperezar los dedos y las neuronas, mirar de frente al hombre que veo cuando me afeito cada día, intentando ser mi más duro juez. Alea Jacta Est.

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