Quizá sea una noticia ya vieja, es decir, una no noticia, algo que pasa junto a nosotros a una velocidad tan fulgurante que inmediatamente deja de tener interés. Es muy posible. No obstante, es un tipo de suceso de los que me deja completamente sin palabras, me corta de raíz la facultad de expresarme: tanta ira me puede ahogar, lo juro. Cada vez que veo el fatídico vídeo de la indigente abrasada viva en el cajero, la desesperación acaba conmigo, me arrincona y me priva de toda capacidad de reacción. ¿Cómo quitaría de enmedio al hijo de la gran puta que comienza a golpearla con un bolo de tráfico? ¿Cómo exterminaría al otro sujeto que vierte la gasolina? Y, finalmente, ¿de qué modo, tan retorcido como fuera humanamente posible, acabaría con el cabrón que la prende fuego? Confieso, honradamente, que mi imaginación no da para tanto, por desdicha; si tan sólo fuera capaz de visualizar en mi mente la solución a esas preguntas, creo que me podría calmar un poco.

El demonio es estúpido, malignamente estúpido y cruel, como lo son sus reflejos dorados sobre este planeta. ¿Quién, en su sano juicio, es capaz de concebir la idea de atentar contra la escasa dignidad que suele quedarle a un indigente, de empeorar a propósito su tremenda vida, para después acabar con la misma como si de la de un perro sarnoso se tratase? ¿Quién empuña un teléfono móvil, conchabado con otro hijo de puta como él, para filmar a un simpatiquísimo coleguita golpeando salvajemente a un mendigo, a un hombre viejo, achacoso y enfermo? Sí, sin lugar a dudas es el mismísimo Luzbel; es su risa enloquecida la que oímos, brotando de la boca de sus criaturas preferidas. No encuentro otra explicación.

En ocasiones como estas, me acuerdo, con añoranza, de Mr. Lynch. Por desgracia, la justicia humana nunca es bastante.